Postal de una era

Escrito por Antolín Pincha aquí para preguntar

25 de diciembre 2012

Coincidiendo con el 25 aniversario (25-12-1987) de la muerte, a los 63 años, de mi padre Agustín Blanco Blanco, dedico esta cápsula de tiempo a mi único hermano y a los que sin haber tenido las mismas vivencias tenéis edad para identificaros con los tiempos de aquella España dura y rancia pero inexplicablemente nostálgica. El tiempo lo transforma todo en nostalgia, hasta las guerras, si se lucharon de joven y se sobrevivieron, claro.

Feliz Navidad y prospero año nuevo para todos. El 2013 será un año bandera para Nuestra Cartera – Mercados y Burbujas y para todos los que la replicáis, no me cabe la menor duda.

 

Hace más de mil años, cuando las ranas todavía cantaban y la luna iluminaba las noches de verano con más claridad que los candiles alumbraban las noches de invierno oscuras, allá, arriba, bajo la falda sur de la Cordillera Cantábrica, había, y hay, un pantano llamado Barrios de Luna. Pantano abajo, siguiendo los trazos inversos de la ruta de la plata y del río alimentado por el pantano, a unos dos días de caminata alternada con montura de asno, se empieza a divisar el inicio de la famosa Polvorosa, mencionada en los libros de los más ilustres científicos de nuestra lengua. Entre la bifurcación del río sin puente y su afluente, existe un pueblecito llano, sin monte. Cada vez que soltaban agua del pantano para evitar que reventara, mi pueblo se inundaba y, tanto humanos como animales y bártulos, desalojábamos la riada para instalarnos, hasta que bajaran las aguas, en el pueblo vecino, con monte, situado al otro lado del afluente con puente.

En aquellos tiempos la vida era más dura pero más sencilla y feliz, necesitábamos menos para estar más satisfechos. En el término del pueblo había tres prados públicos pero solamente se trillaba en dos. Nosotros trillábamos en una de las eras del prado del Camino de Morales, que era más senda que camino. Desde el ayuntamiento del pueblo hasta la era, había escasamente medio kilómetro de distancia. Para preparar el prado para la trilla, llevábamos los animales vacunos y equinos a pastear para que raparan la hierba. Cada familia llevaba los animales que no eran necesarios para las labores de labranza cotidiana. El privilegio de llevar el ganado a pastar al prado nos pertenecía a los más jóvenes. Solíamos calcular el momento exacto para sacar el ganado de las cuadras con la ilusión de coincidir en la bocacalle del Camino de Morales con las chiquillas que nos gustaban para intercambiar miradas llenas de deseo. Deseo de llenar los ojos de fantasía, una mirada de reojo correspondida era suficiente para recargar la imaginación hasta el día siguiente. Pasábamos por el frente de la casa del tío Argimiro que tenía rosales floridos que inundaban de aroma buena parte del camino. Al lado de los rosales tenía una bomba mecánica que ofrendaba agua fresca y coartada para parar a beber y compartir unos minutos de tiempo y espacio con la muchacha anhelada. Para poder beber eran necesarios dos, uno bombeaba el cigüeñal mientras la otra bebía, y viceversa.

Las mañanas un tanto frescas de agosto no permitían trillar hasta que el sol evaporaba el rocío. Una vez seca la trilla, las piedrecillas de sílice, incrustadas con maestría en la panza del trillo de madera podían cortar, una y mil veces, con sus afiladísimos vértices los tallos del cereal y separar el grano de la espiga y de la paja. Los trillos de las eras eran arrastrados por vacas de trabajo, bueyes, caballos, mulas o burros. Dependiendo de las circunstancias de cada familia y de la extensión de terreno que labraban, eran necesarios unos animales u otros, algunas familias tenían todos los animales mencionados.

Encima de trillo, los pensamientos afloraban con el orden del antojo natural. Mi padre sentado en una banqueta de madera de tres patas cortas, yo en sus rodillas, y ambos encima del trillo viajábamos sin destino dentro de una espiral interminable. Era feliz escuchándole cantar coplas de juglares antiguos y otras trovas que había aprendido de las tunas. Mi padre era soñador pero realista, decía que había nacido para cura. Quizás porque le gustaba vivir como un cura, porque le hubiera gustado viajar como un misionero, o porque envidiaba el acceso de los curas para gozar de lo ajeno. Estaba totalmente seguro de que tenía voz de tenor, de los mejores. En las misas de los domingos, entonces obligatorias, se desquitaba, a pleno pulmón, del infortunio de su destino, de la suerte de Caruso, y de la falta de reconocimiento a su privilegiada laringe. La verdad es que la voz la tenía potente pero el oído fatal y desentonaba tanto en misa como en la era. Lo cual no disminuía mi felicidad de estar sentado encima de sus rodillas y mucho menos de que mis oídos estaban a quemarropa de los cañonazos de sus cuerdas vocales. Todo quedaba en el olvido cuando me salía alguna ocurrencia repentina que le hacía reír, de sopetón, a carcajada libre y feliz.

¡Que levanta el rabo!, corre, decía. Era la contraseña para que me apurara a coger un talego que nos hacía compañía perenne sobre la superficie del trillo, colocarlo debajo del rabo erigido del animal de turno, y atinar las boñigas que manaban de la desembocadura trasera del animal para que encestaran en el talego y evitar que el estiércol del presente se mezclara con el del futuro, o sea, con el grano, cada cosa a su tiempo. Una vez trillado el cereal, amontonábamos la paja con tridentes de madera, llamados tornaderas, y la colocábamos con el orden heredado de la sabiduría de los siglos para formar una parva perfecta. Después, con escobas de mijo cortas y ásperas, enemigas de los riñones de los barrenderos, barríamos el grano formando varios montones para después sumarlos al montón principal separado unos metros del perímetro de la era. Para limpiar el grano de la paja y del polvo existían unas maquinas cuadradas, de hierro pesadísimo, que tenían dos boquetes laterales y otro a la retaguardia. Tenían varias aspas de acero en el vientre acopladas a una manilla que salía por el boquete lateral izquierdo, y eran alimentadas por el costado opuesto al del manillar. No poca energía humana aplicada a la manilla revolucionaba las aspas, creaba un torbellino dentro de las entrañas del armatoste y expulsaba por el trasero todo lo que no era grano. Solía haber una máquina, o dos, para todas las eras, y eran generosamente compartidas por sus dueños con vecinos y colindantes de era. Si el tiempo apremiaba o amenazaba la noche, y la limpiadora estaba siendo utilizada, con palas rectangulares de madera lanzábamos el grano al aire para que la brisa se encargara de separar el grano de la broza. El día siguiente era un cromo del anterior y así sucesivamente hasta que se terminaban las trillas y las limpias.

Una vez limpio el grano, se echaba en sacos de esparto y se acumulaba al lado de la choza temporal hecha de palos y hojas en forma de tipi indio, pero más ruin. Cada familia construía su propia choza al lado de la era para resguardarse del sol de mediodía, para comer y para dormir la siesta. En aquellas noches de trilla, de luna y de lobos, y de poca abundancia, hasta que hubiera una carga completa de grano limpio para llevarlo para la panera de casa, a esperar turno para pasar por la piedra, era necesario salvaguardar el pan del año venidero para que no fuera a parar a boca ajena. Un miembro, o dos, de la familia dormían a la intemperie entre una manta de lana picosa tirada sobre la hierba y otra que cubría el cuerpo, los sacos de trigo servían de respaldo y de almohada. Si los centinelas del grano eran dos, la tradición ordenaba dar un repaso al cielo, con la cabeza recostada sobre los sacos, y acertar la ubicación del lucero cenero, el lucero mañanero, las osas mayor y menor y otros cuerpos celestiales que entonces eran perceptibles a simple vista y que hoy día no lo son por causa de la contaminación lumínica que la luz artificial de las ciudades imparte sobre la atmosfera. Después de haber recitado el catecismo astrológico era hora de dormir con un ojo abierto y otro cerrado. El ojo cerrado era seducido por el sedante natural del chirreo de los grillos y por el cantico de las ranas. El aúlle de algún que otro lobo contrarrestaba la sinfonía relajante, mantenía el instinto arcaico alerta, el otro ojo abierto, y el oído desabrigado a la escucha.

Durante las noches de trilla solía dormir en la era con mi padre. Echo de menos la felicidad de aquellos tiempos sencillos, sus cantares, su paciencia durante los tiempos duros pero felices, el brillo resplandeciente del sol de su generación, las noches claras saturadas de estrellas, la sencillez de la época de la vendimia, las cofradías, las comedias de las fiestas del Cristo de septiembre, el estraperlo de la grana de remolacha y la barca del flaco y áspero Rosendo que, guiada por una maroma de acero y empujada por los brazos fornidos del viejo barquero, transportaba tanto a humanos como animales y mercancía de un lado al otro del río sin puente.

El otro día tuve un sueño maravilloso y real. Soñé que hablaba con mi padre y le decía: Papá, persuade a las musas del Olimpo de los tenores, cantales el Ave Maria, quítate el traje de madera, levántate como Lázaro y sal del chalet eterno. Ven a buscarme, agárrame de la mano y llévame a trillar como antaño por el Camino de Morales, siéntame sobre tus rodillas y cántame aquella estudiantina que me devuelva la inocencia, la felicidad de la niñez de hace mil años.