La Pepita Arcaica de la Máquina del Tiempo

Escrito por Antolín Pincha aquí para preguntar

1 de junio 2011

Despolvando y organizando su oficina con la intención de crear espacio para el polvo del futuro, entre viejos papeles, cuadernos y revistas, el plumero de Fred Hickey tropezó con la pepita de oro a la que este artículo refiere. De todos los gurús con que me conecto, Fred Hickey es uno de los mejores, su transparencia, disciplina y conocimientos son inigualables. Aunque es ampliamente conocido dentro del círculo de gurús y de algunos inversores que merodean dicho círculo, es prácticamente desconocido por la mayoría de inversores y del público en general. No es de extrañar que sea desconocido puesto que se aparta de su camino para evitar la ceguera que producen los focos de las videocámaras, concede entrevistas rarísimamente y vive alejado de las cloacas de Wall Street. Se especializa en tecnología, cuya materia nadie domina mejor –por lo que cariñosamente le puse el apodo de CiberColombo. Sin embargo, por causa de las distorsiones monetarias servidas durante los últimos años por cortesía de los bancos centrales, ha sido forzado a alejar su enfoque de la tecnología y concentrarlo en los metales preciosos, los cuales considera anti veneno contra la ponzoña de los keynesianos al cargo de la FED.

Para que los siguientes párrafos tengan sentido para los muy jóvenes y para los que no estuvieron al corriente de lo acontecido durante la última burbuja del oro que duró la mayoría de los setentas y muy pequeña parte de 1980, aquí va una breve retrospectiva. Hasta 1970 el valor del oro había sido fijado a $35 la onza troy (31,1034768 gramos) por el gobierno norteamericano 35 años atrás. Cuando en 1971 el presidente Nixon decidió romper los últimos lazos que ligaban al dólar con el oro, sin dudarlo el metal amarillo inmediatamente aparejó las alas de la libertad y sin mirar atrás despegó en vertical. Durante los primeros cinco años se trasladó desde $35 hasta $180 y pasaría el siguiente año y medio corrigiendo hasta tocar fondo de $100 al final del verano de 1976. Desde ahí hasta el otoño de 1978 se dobló hasta $200. A finales de la primavera de 1979, alentado por la inflación imparable de aquellos tiempos y la crisis del petróleo ofrecida por cortesía del Ayatola, en nueve meses el precio se multiplico por cuatro para llegar a $850 en enero de 1980. Otra manera de mirarlo es que desde finales del verano de 1976 cuando su precio era de $100 hasta enero de 1980, el precio, en tan solo 3 años y 4 meses se multiplico por 8,5. Aún otra manera de mirarlo: desde los $35 de 1971 hasta los $850 de 1980, (un momento que saco la calculadora) el precio del oro se revalorizó un 2.428,5%. Si alguien invirtió $43.000 en 1970 y vendió en enero de 1980 hubiera tenido unas plusvalías de más de 1.o00.000,00 dólares – ¡eso es una burbuja! ¿Cómo es posible que muchos acusen de burbuja a las actuales alzas, cuando le ha costado 11 años para multiplicarse por 6?

Como decía, el plumero de Hickey tropezó por accidente con una revista económica de principios de los ochentas en donde los gráficos desvelaban el recorrido de las cotizaciones de las compañías mineras de oro/plata comparadas con la trayectoria del precio de ambos metales durante la época de los setentas y principio de los ochentas. Después de estudiar y comparar las peripecias de los activos del entonces con los de ahora, el descubrimiento fue tan fortuito como sorprendente. Resulta que durante la mayor parte de la década de los setentas (hasta diciembre del año 1979) todas las mineras, excepto una, cotizaban a un 50% por debajo de su potencial con respecto al precio del metal amarillo. Vuelvo a resaltar que el precio del oro alcanzó su cima en enero de 1980. A partir de allí, el oso se apoderaría del dorado durante los siguientes veinte años.

Desde principios de la pasada década cuando el toro le arrebató al oso el relevo del dorado (durante las alzas actuales), el precio del oro se ha multiplicado por seis mientras que de promedio las cotizaciones de las mineras de oro apenas se han multiplicado por dos –la historia se repite y en el ciclo alcista actual está ocurriendo otro tanto de lo que ocurrió en el pasado. La causa principal de este fenómeno es que a la vez que sube el oro y las mineras de oro obtienen mayores ingresos, tanto en el mercado alcista del oro de los setentas como en el actual, los costes de producción aumentan también exponencialmente, acortando los diferenciales y presionando los beneficios netos. El aumento de los costes se debió y se debe principalmente a las subidas de los precios del diesel –la producción del oro es una intensa consumidora de energía. Otras de las causas que reducen los diferenciales son la demanda de mayores remuneraciones por parte de los sindicatos y la exigencia de los gobiernos de mayores cantidades de dinero por los permisos de explotación del subsuelo y arrendamiento de superficies mineras. Estos dares y tomares son siempre inevitables cuando el oro entra en etapas alcistas de larga duración.

Hasta el momento hemos descubierto que es más rentable invertir en oro físico que en valores de minas de oro. Para los que no quieran invertir en oro físico por la inconveniencia de su cautela, una alternativa al físico es invertir en un ETF de oro que supuestamente está compuesto de oro físico – aunque también contiene algunos elementos de intercambio de papel para poder imitar la cotización del spot del oro a la apertura, a la minuta y al cierre de los diferentes mercados. El oro cotiza prácticamente 24 horas al día en los diferentes mercados del mundo y su precio oscila dependiendo de la oferta y la demanda del determinado mercado o mercados en que cotiza en tiempo real, y de la influencia de los diferentes mercados de futuros del mundo, principalmente Nueva York, Londres y Hong-Kong.

Sin embargo, la epístola de arriba no es lo más sorprendente del descubrimiento del plumero de Fred Hickey. Lo más asombroso es que cuando el oro había llegado hasta el final de su cielo en enero de 1980, y empezaba a descender de las alturas de la burbuja, los valores de minas de oro negaban las ordenes de descender de su maestro y continuaban su ascenso imparable que apenas hacía dos meses que había comenzado – o sea diciembre de 1979. El suceso llego a ser tan asombroso que las minas no comenzaron su descenso hasta el segundo semestre de 1981, 18 meses después de que explotara la burbuja y el oro hubiera perdido la mitad de su valor máximo. El motivo fue que al dispararse el precio del oro los ingresos de las mineras aumentaban de tal manera que dejaban muy atrás los costes de explotación, por lo tanto los beneficios netos también se disparaban exponencialmente a la par con los ingresos. Lo cual significa que es totalmente posible beneficiarse dos veces del mismo activo/burbuja. Primero invirtiendo en ETFs respaldados de oro físico y después cuando se considere que el oro esté en burbuja, venderlo y con las plusvalías comprar compañías mineras para obtener más plusvalías. Este es el estupendo potencial que nos brinda el módulo de la máquina del tiempo descubierta por el plumero de Hickey. Incluso más, si tenemos en cuenta el potencial de futuras posiciones en corto.

Claro que aunque el ciclo alcista de ahora (hasta el momento) es un retrato exacto del anterior, no quiere decir que termine exactamente igual –como dice el refrán, la opera no termina hasta que no canta la gorda. Sin embargo, el potencial está ahí y hay que tenerlo en cuenta y vigilarlo. El hallazgo del plumero de Hickey merece un gran trofeo, por mi parte concedo vuelta al ruedo, las dos orejas y el rabo. ¿Tienes Oro?